domingo, 4 de julio de 2010

"El picante". Fin

Hecho un vistazo por el Zen (si, soy un pringado no tengo Ipod) y decido poner a Shout out Louds como harmoniosa banda sonora.

La música tiene un inmediato efecto excitante, sin mediar palabra alguna ofrezco una sonrisa y mi mano a Daniela para que se levante de la cama, donde se entretiene observando unas fotografías. A veces me gusta empezar de pie por una sencilla razón, la mayor parte del tiempo estaremos tumbados. Intercambiamos miradas seductoras y sonrisas complices al tiempo que extendemos nuestros brazos, ella para rodear mi cuello, yo para rodear su cintura. Comenzamos a besarnos suave y lentamente, con detalle, sincronizando nuestras lenguas y el movimiento de nuestras cabezas. Decido avanzar y mis manos desabrochan con agilidad su camisa. Daniela se gira y de espaldas sobre mí apoya su hermoso culito sobre mi paquete; ya para entonces algo abultado. Con un susurro me pide que la rodee con los brazos, agarrando con firmeza sus pechos. Para complacerla todavía más aparto su frondosa cabellera y muerdo con fuerza en pequeñas dentelladas su cuello. Su respiración se ve progresivamente alterada. Desciendo mis manos firmes pegadas a su vientre en busca de los botones del pantalón, ella se muestra solidaria y me ayuda ante lo ceñido del modelo vaquero.

Ella en ropa interior y yo todavía vestido. Esto es injusto, me dice. Me quito la camiseta como en los anuncios de televisión aunque con menos de la mitad de la mitad de horas de gimnasio. Daniela me ayuda con los pantalones, acto seguido me empuja y caigo en la cama. Creo que se trata de una indirecta para tomar el control:

Con un movimiento sutil se abalanza sobre mí, su melena cubre toda mi cabeza y crea una oscuridad en la que sus besos comienzan a sorprenderme. No se entretiene demasiado con mi boca y pasa lenta y suavemente a besarme en el cuello, la clavícula, reptando como una serpiente de coral hacia mis pezones donde me muerde para inmovilizarme con el veneno de su saliva caliente.

El sexo Oral hace acto de presencia, extraño será el caso de aquel hombre que no adore esta técnica sexual, algunos hasta el punto de deificarla

La lengua suave y atenta exploradora , la mano firme y dominadora, el pelo cubriendo esta vez mi hambriento estómago. Percibo como el labio inferior de su provocativa boca recorre en ascenso y con mimo la fisonomía de mi polla. Rodeándola acto seguido con su lengua, una y otra vez en una espiral de deseo. Me llega también la melodía en tonalidad mayor y la soledad de ahí afuera que son ahora parte de otras vidas.

Disfruto como un niño de la labor de esta sensual mujer, ¡Oh mujer de Lesbos alza mi falo y devóralo con pasión! Pero es llegados a este punto cuando la mitología no entienden de química. Un calor más fuerte del que el propio acto podría generar de manera natural empieza a recorrer mi sensible miembro morado. ¿Será que me he puesto tan cachondo que mi aparato está empezando a arder? Me equivoco. Al acometer la penetración, el movimiento de fricción no hace más que aumentar el calor. Aquello empieza a ser un fierro, sólo que en este caso yo no quiero marcar a nadie, no de esta forma… Con que disfrute tanto como yo o más, por aquello del ego masculino, es suficiente.

Inmediatamente caigo en lo ocurrido. El componente ácido del picante ha permanecido casi intacto en la preciosa boca de ella. La preciosidad de su boca albergaba el manantial de fuego y lava. Aunque a veces no lo parezca soy una persona bastante tímida, así que al principio me abstengo de decir nada y simplemente paro para hablar, lo cual es una tontería sin sentido y fuera de lugar. Hay confianza suficiente.

- No puedo seguir, ¡la cosa está que arde! Recuérdame que la próxima vez te pida que te cepilles los dientes antes
- ¿Qué te pasa? ¿Estás muy borracho o que?
- Pues que, que… que… que necesito un litro de agua helada.
- ¿Cómo? ¿Qué dices? Vuelve aquí anda…
- ¡Qué no! ¡Qué no! Que me está ardiendo muchísimo el pene, que el picante se ha debido de quedar por toda la comida , y sobre todo en tu boca.
- ¿Lo dices en serio?
- ¿Crees que pararía si no fuese cierto?…

Nunca antes una amante se había reído tanto de un “gatillazo”. Yo también me reí mucho, muchísimo la verdad. Eso sí, después de haber puesto mi pobre pirola en remojo durante 5 minutos.

No sé si alguien se atrevería a pasar por este proceso para poder obtener después placer o recompensa con lo que la primera variable de mi profesor queda en entredicho. Ahora bien, lo que si sé, es que esta fue una de las malas experiencias más hilarantes de mi vida.

Eso si, no ha sido la única. Pronto os contaré más...

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