Pollo Martinica
Dado que es la primera vez que hacemos este plato y que a los jamaicanos les entusiasma lo que para nosotros es sobrecargar la comida, vamos a elaborar una versión más rápida y sencilla.
Daniela me cuenta que está bastante cansada del trabajo de camarera, tener una licenciatura y estar sirviendo platos no es plato de buen gusto. Incluso aunque los primeros estén muy buenos.
Mientras troceo el pollo y las Ananas le comento que se relaje, que en cierto modo vale la pena el sacrificio ya que una vez alcance un trabajo mejor lo valorará y disfrutará con creces.
Abro el armario y escojo el aceite que tiene pinta de ser de mejor calidad. Lo pongo en la sartén y espero a que se caliente.
Le pido a Daniela que me acerque los pimientos pero ella no me escucha. La cazo absorta removiendo el arroz en la olla y le pregunto en qué piensa. Esparce el azafrán y me cuenta que echa de menos los paseos con su perro. La morriña, aquello que la escritora gallega Rosalía de Castro convirtió en un término universal, está casi siempre presente. Y como teniendo la cabeza en el presente es como obtenemos mejores resultados, le hago saber que tiene que bajar un poco el fuego.
Para animarla le comento que me puede sacar a mi de paseo si quiere. Prometo no tirar de la correa, no acercarme a los perros de los dueños más insoportables y por supuesto, morder sólo donde deba.
A ella le hace gracia la broma, me acerco y la beso calurosamente durante un par de minutos. El tiempo suficiente para darme cuenta de que el aceite ya está listo para recibir a sus invitados.
El libro de recetas dice: Comience dorando la cebolla y los pimientos picados junto con los trozos de pollo. Procedo…
El primer efecto de los pimientos troceados al contacto con el aceite es devastador. Como si de una bomba de gas mostaza se tratara la esencia volátil sulfurosa se extiende por toda la cocina, pasando por nuestras glándulas lacrimales, olfativas y gustativas para crear una confusión tóxica donde lo más sensato es lanzarse a la trinchera del fregadero para echar mano, ojos y boca del gélido chorro de agua.
Superados los momentos de confusión creados por el ataque sorpresa tomamos las primeras decisiones tácticas. Tiramos los pimientos explosivos a la basura y como hay hambre pasamos a preparar el resto de la comida. Nunca subestimes a tu enemigo, sobre todo si lo haces desde la ignorancia. Evita también tener enemigos. Por otra parte sobra decir que resulta realmente divertido y curioso ver como las lágrimas segregadas ante el efecto del picante se pueden fusionar con las lagrimas provocadas por el posterior ataque de risa, en una comunión de emociones.
El resto de alimentos supervivientes de la comida estaban, en cualquier caso, demasiado picantes; fracaso. Afortunadamente, la dulzura de ella, el alcohol y el buen humor me permiten disfrutar de lo que se pudo rescatar, con placer.
Pero el placer, ese gran dominador de nuestros actos, ese fin por el que los medios son quebrantados; no termina en una cena.
Colocamos los platos en su sitio y nuestras mentes en su estado, apuramos las bebidas y subimos con algarabía los últimos escalones que nos llevan hasta la habitación.
La luz de la farola que se cuela por entre las rejillas de la persiana resulta escasa para iluminar la amplia habitación abuhardillada. Decidimos encender una lamparita y un par de velas aromáticas con sabor a pera, y digo sabor y no olor porque siempre tengo tentaciones de morderlas; pero, hablando de tentaciones…
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