Problema: El sufrimiento, esa emoción que forma parte del proceso de supervivencia y aprendizaje del ser, nos rodea.
Variable nº 1: Hablar sobre malas experiencias ayuda a que otras personas puedan evitarlas.
Variable nº 2: Buscar y encontrar (más difícil esto último), deshago y comprensión; ayuda.
Advertencia: Algunos sanadores de mentes pueden etiquetarte con una tara a raíz de las malas experiencias vividas en algún periodo de tu vida; normalmente relacionado con la infancia. Tengan ustedes cuidado con los “etiquetadores“.
Las malas experiencias así como los sucesos que las albergan son asiduos temas de interés y de conversación. Sólo hace falta pulsar el botón rojo del mando para comprobarlo. Esto se debe básicamente a una razón: El morbo. Esa sensación que se genera por la gran cantidad de tabúes con los que el ser humano vive. Si la muerte fuese aceptada abiertamente como parte de la vida no existiría el morbo por el sufrimiento o el dolor que se generan ante esta. Otro efecto es el miedo. Hay gente que prefiere no enfrentarse a las consecuencias de una mala experiencia o prefiere evitarlas a toda costa, dejando de lado al que las sufre; pero esa es otra historia de mayores dimensiones. No voy a frivolizar con asuntos graves, quede por escrito y si hace falta firmado con sangre.
Hago ahora ejercicio de memoria y me sitúo en Vigo.
Tomaba yo unas cañas por primera vez con una chica que había conocido recientemente. La cita fue realmente fantástica por una razón básica. Esa tarde de invierno, nos pasamos varias horas hablando de malas experiencias como modo de entendimiento, entretenimiento y de diversión; es decir, rompiendo tabúes. Malas experiencias en relaciones de pareja, amistad y familia. Malas experiencias en los estudios, el trabajo o el ocio. Malas experiencias dando el primer paso a la calle…
En esta ocasión y como introducción al mundo de mis malas experiencias, traigo un plato fuerte y nunca mejor dicho….Os contaré una mala experiencia que sufrí hace ya algún tiempo junto con la que era mi actual pareja, por llamarlo de alguna forma.
Debéis disculparme pero en estos relatos documentales los protagonistas permanecerán en el economato (sí, yo escuchaba mucho a los Goma espuma de camino al instituto). Es muy posible que no les importase aparecer en estas líneas con su nombre real pero con tanto tabú como hay por ahí suelto; no seré yo quien asuma ese riesgo.
Daniela y yo habíamos planeado una cena para esa noche. Decidimos quedar a ultima hora de la tarde para hacernos con todo lo necesario. Existe un alto grado de erotismo en el acto de cocinar en pareja. Queríamos probar un plato jamaicano, es decir, picante. Llegados a la tienda y guiados por el orondo y achaparrado dependiente hindú, echamos mano de lo que parecen ser unos inocentes pimientos pequeños. Según él de procedencia jamaicana, como mi casera. También añadimos a la cesta, arroz, tomates, ananas, especias, pasas, sidras y cervezas.
Mientras pagamos, el dependiente le comenta juguetón a Daniela que parece una estrella de Bolywood, ella sonríe y le dice que es una estrella estrellada. Me alegro de verme involucrado en el accidente.
De camino a casa varios ingleses nos recuerdan que en Inglaterra se empieza a beber prontito. Pienso en lo borracho que he podido llegar a estar en alguna ocasión y decido abrir una lata de cerveza. No sé en que estaría pensando ella cuando me miró con cara de duda.
Al entrar en casa nos recibe el perro del compañero de piso numero 2, un pastor de aguas negro con manchas blancas; a ella amistosamente, a mi no tanto. Le he perdido el miedo a los perros desde que estuve trabajando como repartidor de panfletos para promocionar la compra-venta de oro y plata. En Inglaterra hay muchas casas y hay por lo tanto más perros que donde hay edificios y pisos. No siendo miedo, no sé entonces qué es lo que excita a este hermoso pero intranquilo canino.
Superada la rueda de reconocimiento olfativa, veinte escalones azules y el saludo protocolario al compañero de piso número 1; la calma vuelve al río.
Dejo la cazadora, voy al baño, me lavo las manos y me remango las mangas de la camisa; hay que cortar...